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La muerte, ese lugar adónde no sabemos si queremos llegar….o si…

Días pasados recibí un llamado en el que me comunicaban una mala noticia. Mi psicóloga a la cual había asistido en los últimos quince años de mi vida había muerto de forma repentina.

Me quedé boquiabierto, sin aliento, había hablado con ella un par de días antes y no había notado nada extraño, o quizás nada que hiciera presagiar ese triste final.

Fue una sensación rara. La mente tarda en acomodarse hasta que finalmente lo acepta como una realidad incontrastable. Existe un espacio de tiempo en el que nuestro interior, o todo nuestro ser intenta rebelarse ante el estruendo que causa la novedad, son unos segundos en el que el inconsciente se engaña pensando en una broma de mal gusto. Cuando esa fracción de tiempo termina y uno advierte que no hay vuelta atrás y se abre paso a la frialdad y a la soledad de la noticia el recuerdo de la persona viene a nosotros de forma instantánea.

Las palabras, algún gesto, en mi caso la ayuda brindada por esa persona en momentos difíciles son los que gobiernan el resto del tiempo en que dura la llamada y aún luego de cortar aquella. Una sensación de vacío, de atemporalidad y de desahucio nos invade. Nos surgen también muchas preguntas que al menos por un tiempo no tendrán respuesta ¿Cómo? ¿Qué sucedió?. Quizás la más difícil de responder es ¿Por qué?.

Y el por qué de la muerte es una pregunta a la que aún no le podemos encontrar la respuesta. Es difícil, es compleja, es casi como una pregunta retórica. ¿Quién lo decide? ¿Por qué alejarse de los seres queridos? ¿Cuál es la necesidad?

La muerte es una de esas etapas de la vida a las que nadie quiere ingresar, porque sabemos que no tiene salida. Es el único lugar dónde se ingresa sin pasaporte para salir.

Últimamente he tenido muchas sensaciones que me acercan a pensar en ese estadio por el que todos inexorablemente pasaremos, algunos más tarde y otros no tanto. Pero sin embargo esa pregunta me persigue, me maltrata y me desvela ¿Por qué?

Quién puede responderla, quién se anima a dar una explicación, a encontrar una causa. Por qué algunos mueres jóvenes, otros más viejos, y otros mueren casi al nacer. No hay una métrica que nos permita crear estadísticas, no hay economistas que puedan con una fórmula explicarnos cómo se llega a una edad determinada, ni cómo un niño de diez años muere de un cáncer fulminante. Nadie, nadie puede explicarnos el por qué.

Y hoy, a casi una semana de esta triste noticia me sigo preguntando qué sucedió y por qué. Y no creo que obtenga la respuesta, porque aún encontrándola no se puede volver a la vida, no se puede volver el tiempo atrás, en nada y menos aún en la muerte.

Hoy me encuentro en la sala de espera de un sanatorio porteño, el mismo sanatorio dónde estuve unas semanas atrás a la espera de que algún médico me de el informe de cómo está mi padre. Veo entrar y salir a la gente, veo la tristeza y el llanto de aquellos a los que una mala noticia los inundó, los abarcó por completo.

Cuando bajo en el ascensor y las puertas se abren en los distintos pisos puede notarse con claridad cuáles albergan a los recién denominados “padres y madres” y aquéllos en los que existe la duda sobre si se puede o no seguir contando con esa persona al lado de uno.

Me voy de aquél lugar. Dejo atrás los llantos y las dudas del por qué. No lo sé, no lo supe ni creo que lo sepa nunca, camino por la calle y dejo atrás parte de mi, sin saber, sin encontrar respuestas.

La muerte ese lugar, ese tiempo, ese momento, ese lugar adónde no sabemos si queremos llegar…..

 

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Un Hombre de Negocios

El caminar ligero hacia el día de trabajo lo transformaba en una especie de máquina humana. Su celular no dejaba de sonar, una llamada tras otra que debía atender de camino a lo que él llamaba la “picadora de carne”.

Como gran parte de los ingleses, el despertar implicaba encender su teléfono celular y revisar una y otra vez desde qué parte del mundo le habían escrito esta vez requiriendo sus servicios, responder los que considerase viables y dedicarse de lleno nuevamente a un día de trabajo.

Edward encendía todas las mañanas su televisor para consultar la cadena BBC 2 y verificar el estado del tiempo. Acorde a lo que Mathew Jennings informaba y a quien creía como un hijo pequeño que toma como palabra santa lo que su padre le dice, ubicaba su vestuario de acuerdo al pronóstico.

Aquél día, la lluvia parecía estar cerca, así que decidió usar el traje azul con camisa blanca. Ya no se ponía corbata, estaba en desuso aunque no en todas las industrias. Los abogados y los banqueros aún la usaban y en forma, pero en los negocios que él manejaba daba lo mismo llevarla o no, es más solía incomodarle.

A pesar de ello estaba convencido de que la imagen lo era todo. Los negocios no sólo se cerraban por la astucia y la inteligencia que le dedicara si no por lo que él podía representar para los demás: seguridad, respeto por quién lo contrataba y por sobre todas las cosas eficiencia, la parte más compleja de su trabajo. Un cliente disconforme era un posible enemigo el día de mañana, por lo que en su trabajo no había margen para el error.

Hacía varios años que estaba en el negocio de la intermediación, él prefería autodefinirse como un “hombre de negocios” puro y simple, alguien a quien le gustaba generar el espacio para que otros pudiesen hacer dinero. Estaba claro que todo esto él no lo hacía gratis, llevaba una buena comisión de cada uno de las transacciones en las que participaba y tenía pensado dejar algún día esa actividad para dedicarse a algo menos arriesgado, o quizás, para viajar por el mundo ya no por negocios si no por placer.

Se miró al espejo antes de salir, estaba llegando a los cuarenta años y algunas canas comenzaban a aparecer a la altura de la sien. Disimulaba las arrugas y su estado físico era aún impecable. Algunos colegas a esa edad ya llevaban grandes barrigas o habían perdido el cabello, él todavía podía jactarse de la elegancia en todos sus atuendos, algo que la sociedad inglesa conocía a la perfección.

Se pasó la mano por ambas solapas del saco moviéndola hacia fuera como quien retira la pelusa. Tomó la gabardina de color azul la acomodó en su antebrazo, el portafolios largo e incómodo y salió de su departamento en la zona del South Kensington. Bajó las escaleras de mármol de su casa y respiró profundo el aire frío y penetrante de aquella mañana de otoño.

El frío comenzaba a hacerse sentir, y eso no le gustaba demasiado. A veces entorpecía su trabajo, debía comenzarlo más tarde, las reuniones solían hacerse interminables y aún cuando no quisiese admitirlo, la vista no era la misma que tenía cuando era un muchacho que despilfarraba las noches en las discos londinenses. Los años pasaban lentamente pero en su profesión no podía darse ciertos lujos y uno de ellos era perder grados de visión. La necesitaba como el cirujano necesita a su anestesista.

La acera estaba húmeda, como siempre por la mañana. Caminó unos metros hasta que encontró su camioneta estacionada dónde la había dejado la noche anterior.

Miró su reloj, la cita era en cuarenta y cinco minutos y debía cruzar la ciudad hasta la moderna zona del Shoreditch en el condado de Hackney. Odiaba ese lugar, pero las modas se imponen, y entonces las paredes cubiertas de graffitis, los bares con mesas repletas de gente que se comunican a través de sus ordenadores portátiles y las cervecerías modernas eran lo que ahora llamaban “arte en su máxima expresión”.

El metro cuadrado de vivienda en esa zona había subido casi un cien por ciento el último año y sólo cabía recordar que un siglo atrás alguien que se hacía llamar “Jack el destripador” hacía de sus delicias por la zona dando más de un dolor de cabeza a las autoridades de Whitechapell y de Scotland Yard.

Tal cual esperaba, las dos campanadas sonaron en su iphone justo cuando él lo esperaba. Le gustaba los clientes puntuales y cumplidores. Abrió su teléfono con el dedo derecho y observó el número que figuraba en el mensaje. La módica de suma de quinientas mil libras. Eso sí era comenzar bien el día. Buenos negocios, buenos momentos.

Atravesó la zona financiera londinense, con la mirada recorrió la hipocresía de aquél mundo que habitaba las calles. Hombres que bajaban de autos lujosos, con choferes que apenas hablaban el inglés, portafolios de cuero brillosos, corbatas de seda al tono, todo era parte del glamour, todo era parte de aquella sociedad en la que vivía, que por momentos odiaba pero a la que también le estaba muy agradecida.

Su reunión comenzaba exactamente en treinta minutos, debía buscar el lugar, aunque como siempre el día anterior había examinado la zona para encontrar un lugar donde aparcar, no le gustaban los contratiempos y menos aún cuando su cliente estaba ansioso por obtener los resultados.

Rivington St era la calle dónde debía aparcar. Solo lo separaban unos pasos del lugar de la reunión, pero debía prepararse. A él no le gustaban los cierres de negocios a las apuradas, prefería estar a tiempo, tener claro cada cosa que debía hacer decir. Quería medir milimétricamente a su contrincante, observarlo con detenimiento, mirarlo de arriba abajo para luego llegado el momento acordado ¡pum!. Negocio cerrado.

El estacionamiento estaba vacío a esa hora, así que dejó el auto lejos de la casilla de entrada. Tuvo tiempo para acomodarse la ropa, se puso la gabardina y tomó el portafolio. Esta vez el trabajo le había requerido el más pesado e incómodo de los cuatro que tenía. Intentó recordar cuándo había sido la última vez que lo había usado pero la voz de un hombre lo sorprendió cuando cerraba la puerta de la camioneta.

¾¿Va a quedarse mucho tiempo? ¾preguntó un joven vestido de camisa y pantalón verde con el logo del estacionamiento.

¾Un par de horas¾dijo Edward.

¾Vamos a estar abiertos hasta el mediodía nada más¾dijo y levantó los hombros como pidiendo disculpas.

¾Saldré antes, no te preocupes¾dijo.

¾Cool¾respondió el joven y se marchó.

Edward tomó el portafolios y caminó rumbo a su reunión.

¿Qué llevaba a un hombre de cuarenta años a seguir en este negocio? ¿Por qué sus clientes lo buscaban?

Todas esas preguntas tenían una respuesta, y casi indefectiblemente en la víspera de cada uno de sus trabajos y de forma ceremoniosa se hacías mismas preguntas.

Cuando llegó a la esquina de Rivington y Great Eastern miró hacia el lugar dónde iba a realizarse la mentada reunión. Miró el reloj, todavía tenía veinte minutos hasta que llegasen los interlocutores.

Caminó por la vereda de enfrente, y se metió en el 216 de Great Eastern, el edificio de cuatro pisos que en la planta baja tenía un Starbucks. Entró, pidió un café para llevar y salió por la puerta del costado que conducía a un angosto pasillo. Al fondo, una escalera lo llevaría a la terraza, el lugar que estratégicamente había estudiado desde que lo habían contratado para este trabajo.

Subió los cuatro pisos y encontró la puerta que decía “No pasar”. Empujó con fuerza y allí estaba, un espacio abierto, dónde lo único que lo molestaba eran los ductos del aire acondicionado. Se asomó por el frente que daba al Hotel Hoxton y desde allí tenía una visión perfecta de la sala de reuniones en el tercer piso del edificio de enfrente.

Miró su reloj, se sacó la gabardina y la acomodó del lado del revés sobre uno de los peldaños de la escalera que conducía a los tanques de agua.

Abrió el portafolios y comenzó el ritual. Cada uno de los elementos que conformaban el Cheytac M200 tenía que ser armado con suma delicadeza, con la meticulosidad del caso, despacio, pieza a pieza. Todo debía engranar a la perfección.

Le llevó casi ocho minutos el armado, su reloj de precisión le marcaba segundo a segundo cuánto había demorado esta vez. Colocó el sistema de mira óptica, una especie de broche de oro para poder calibrar dónde y cuándo quería cerrar el negocio. El reloj marcaba las nueve y media y su celular sonó nuevamente. El mensaje esta vez decía “Todo listo. Corbata roja”. Puntualidad Inglesa. Esa era la orden y ese era el momento. Y Edward era el hombre ideal para este negocio. Lo sabía.

Se acomodó contra la pared y calzó el fusil en el hombro. La precisión del Cheytac era perfecta, no había otro igual, al menos que él conociera.

Cerró el ojo izquierdo y demoró unos segundos para que el ojo derecho hiciera contacto visual, primero algo borroso y luego, de a poco, se fue clarificando. Allí estaba su objetivo, el hombre de corbata roja. Miró unos segundos, puso el dedo sobre el gatillo y no dudó en apretar.

Negocio concluido.

Volvemos al ruedo…

Después de mucho tiempo podemos declarar re abierto el blog. ¿Quién sabe el por qué de las cosas ? A veces uno necesita dedicarse a otras cosas, pensar, abrir la mente para luego volver.

El poder escribir a veces tiene algunas ventajas sobre lo que decimos cuando hablamos con alguien, y es que uno escribe lo que siente, y muchas veces es difícil decir lo que se siente. Lo condicionamientos sociales, los compromisos internos hacen que uno se vaya de una conversación sin haber sido del todo sincero.

Bueno para eso estamos aquí para poder volver a decir lo que nos gusta, lo que sentimos y lo que nos viene en gana.

A partir de hoy podrán disfrutar historias, cuentos, y de otras cosas más también… A disfrutarlo porque de eso está hecha la vida, de cosas lindas…

Gracias por leer…IMG_0533.JPG

Impresiones de una isla devastada. Memorias de un viaje.

Impresiones de una isla devastada. Memorias de un viaje..

Impresiones de una isla devastada. Memorias de un viaje.

Impresiones de una isla devastada. Memorias de un viaje.

 

La impresión al bajar del avión fue extraña. El calor agobiante que pegaba en mis narices como latigazos firmes y dolorosos, la humedad que dejaba caer de mis axilas un líquido acuoso y pegajoso habían revelado ante mi la causa de mi viaje, el reencuentro con mis antepasados.

Así lo denominé en mi interior, una y otra vez me pregunté que hacía ahí, que me movía a desembarcar en la isla, como le llamaban los lugareños. Y la respuesta fue singular y directa al corazón, la sangre de mi madre me inundaba y ahí estaba la explicación.

 

El pisar tierra cubana me llevó al pasado, ahí a esos lugares que todavía puedes ver en las películas de antaño, donde los autos antiguos se rodean de dulces señoritas intentando pasearse en ellos, descapotados de la década del cuarenta y del cincuenta, en donde los turistas son asiduos concurrentes, demasiado costoso para los habitantes de la ciudad.

 

El comercio ilegal, la manipulación, el regateo son moneda corriente en un pueblo sojuzgado por los funcionarios de turno, aquellos que rara vez bajan a la ciudad para ver las condiciones infrahumanas en que habitan aquellos a los que gobiernan. Una de las rápidas conclusiones a las que arribé fue que el ser humano se acostumbra a todo, a vivir bien, y también a vivir en la miseria más espantosa. Asi viven, creyendo que algún día esto cambiará, que los gobernantes serán otros y que harán algo por el pueblo.

 

A pesar de todo ello, lo que sí observé es la alegría, el pueblo lleva la música y el baile en su sangre, que muy a pesar de la esclavitud y la misera a la que están sometidos sobrellevan sus pesares con música y emoción.

 

Cuando leo trozos o capítulos y hasta libros de uno de los más grandes escritores como lo fue Ernest Hemingway, pienso para mis adentros que si viera en lo que ese país que tanto amó, se vio convertido por la mano exclusiva del hombre, le hubiera retirado el saludo al gobernante de turno. Su simpatía por la revolución lo llevó a hacer declaraciones en su favor, lo que también le generó la obligación de tener que volver a su país casi deportado por la cancillería americana en La Habana.

 

No creo que alguien como él hubiera estado gustoso de vivir de la manera en la que hoy se habita esta tierra. Nadie en su sano juicio debería permitirlo.

 

Algún sí esta patria será lo que deba ser, un lugar para que su gente viva y habite feliz.

Algunas hipocresías…

 

Odian el capitalismo y todo lo que tiene que ver con ello, y parecería razonable si esto tuviera lógicas consecuencias en el obrar de todo el pueblo incluso de sus gobernantes, pero la pregunta sería adonde van los dólares o los euros que cada turista cambia para usar los CUC que son de uso exclusivo en la isla??. Alguien sabe??.

 

Porqué el señor Fidel Castro vive en la llamada zona 0 en la bella Miramar cuyo acceso está prohibido, y porqué nadie averigua quien más vive en ese lugar, cantantes, músicos,  y nadie se pregunta porque suceden esas cosas?.

 

Que contentos están hoy los cubanos de que por suerte pueden vender su propiedad a otra persona, claro que con la plata mucho no pueden hacer más que gastarla en su país, ahorrarla (¿?), aunque algunos puedan preguntarse para que?, sino hay futuro alguno que albergue a las descendencias de quienes hoy la habitan??.

 

No debemos dejar de retratar y subrayar la creatividad que ostenta el habitante de la isla, creo que ninguno de nosotros seríamos capaces de mantener los autos de la década del 50 o del 60 como ellos los mantienen, ya sea en su exterior, o en su interior. Es algo increíble… La necesidad tiene cara de hereje diría mi abuela…

 

Pero dudo que el Señor Fidel Castro o su hermano o alguno de sus familiares se movilice en ese tipo de carromatos antiguos, sin retrovisores, ni hablar de airbags, cubiertas nuevas o cajas de 6ta, para qué? Sería la pregunta, si total no lo necesitan, así están más que bien, así han vivido y seguirán viviendo fuera de todo contexto mundial, porque ya no está de “Rusia con amor” para toda la isla, ni existe régimen alguno en el mundo que tolere las ineficiencias e injusticias que se viven en la isla.

 

Para qué? Debe ser la pregunta que más de uno se debe hacer en ese país.

 

Valgame Dios, si es que existe alguno que llegue a mirar dentro de ese pueblo, las cosas que podrían hacerse para mejorar la forma de vida de ellos, los isleños.

 

Y sino pregúntele al señor Dupont quien con mucha confianza en un país construyó su casa de verano y su residencia en la isla de Varadero y la misma fue confiscada por el régimen como le llaman…Y para qué? Sería una vez más la pregunta que habría que formularse, si total el señor Dupont podía quizás construirse una casa en otra parte del mundo sin necesidad de vender esa. Le tocó en la volteada errónea el gusto por la isla y así fue..la abandonó o sería mejor decir, se la confiscaron, como tantas otras propiedades que hoy son del estado.

 

Valgame Dios, si es que existe uno…..

La tristeza

La tristeza.

La tristeza

Hoy es un día triste….la lluvia arrecia las calles, las hojas de los árboles se mueven al compás de la música de aquélla danza de la lluvia incandescente que va y que viene, sin importar el resultado.

Las almas penan por gloria, porque las reconozcan allá, mucho más lejos, pero lo buscan al fin. Y tú, ahí sentado esperando que llegue tu turno, el momento de irte y ver ya más descansado y relajado el destino de los mortales que día día avanzan en la búsqueda.

TÚ te vas, y nosotros nos quedamos, acá, penando por el placer de acompañarte….

 

Gracias por haber estado entre nosotros, siempre te extrañaremos……

Que en paz descanses…

Hola a todos!!!

Hola a todos!!!.

La idea es contar, escribir, y porque no transportarnos que es lo que nos genera la lectura y la escritura….poder viajar con la mente hacia donde queramos.

Y no nos olvidemos de divertirnos!!!!

Espero les guste a todos!!

F.

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